Urban Landscape Constructions

ILUMINACION PÚBLICA Y ORNAMENTAL.

Por: M. En Arq. Romy Rojas Garrido

El alumbrado público pudiera parecer producto de la modernidad, pero en realidad no es así, ha representado un papel fundamental en las urbes de todos los tiempos. Los Romanos por ejemplo iluminaban las calles de Éfeso, Antioquía y Roma con lo que presumiblemente eran unas lámparas que funcionaban con aceite de apariencia similar a las lucernas romanas pero de mayores proporciones. En China, alrededor del 500 a.C., se utilizaban lámparas de bambú alimentadas por gas natural contenido en vejigas de animales para iluminar las calles de Beijing, siendo éste quizá el primer antecedente de uso de gas como combustible en el alumbrado público.

En la Gran Tenochtitlán existía un servicio de alumbrado público alimentado a base de teas de ocote y rajas de madera, así como con braseros a base de combustibles como copal y madera resinosa. Esta práctica sorprendió a los españoles a su llegada puesto que las ciudades Europeas del siglo XVI carecían totalmente de alumbrado público.
Desgraciadamente, con la destrucción total de la ciudad mexica tras la conquista de los españoles, la iluminación de los espacios públicos desapareció y no fue sino hasta 1790, dos siglos más tarde, cuando se hizo evidente la necesidad de brindar mayor seguridad a los habitantes de la Nueva España así como prolongar las actividades productivas durante más tiempo. Así fue como en un principio se introdujeron farolas que funcionaban con aceite de ajonjolí, nabo y chía, siendo responsabilidad de los “serenos” o “faroleros” su encendido y mantenimiento, oficio que desapareció a medida que se introdujo la energía eléctrica.

Entre los parteaguas que han marcado la evolución del alumbrado público en nuestro país podemos mencionar la introducción de la iluminación a base de gas hidrógeno en la segunda mitad del siglo XIX y finalmente el uso de energía eléctrica a partir de 1898. Desde entonces, los avances tecnológicos han dado lugar a fuentes luminosas cada vez más eficientes y con una mayor gama de alternativas de tipo ornamental.

En efecto, el alumbrado público sirve a múltiples propósitos. No cabe ninguna duda respecto a la seguridad, pues la obscuridad facilita la transgresión del orden público, de ahí que una de las condiciones necesarias para tener una ciudad segura sea el contar con un alumbrado público eficiente tanto en sus características como en su operación.
Asimismo, la existencia de iluminación adecuada incentiva la vitalidad de un asentamiento, lo que está íntimamente relacionado con la seguridad del mismo. En antaño, la vida pública de la sociedad se restringía a los horarios en los que se contaba con iluminación natural, de manera que la llegada del alumbrado público representó un avance importante en la evolución de las ciudades al posibilitar el intercambio comercial, el contacto social, el transporte de bienes y servicios, etc. durante un lapso de tiempo más prolongado y con un mayor grado de seguridad.

Si bien el alumbrado público tiene un origen utilitario en principio, la iluminación del espacio público no sólo sirve a ese propósito. La finalidad de la iluminación ornamental en la arquitectura y el paisajismo, es principalmente decorativa, aquí entran en juego las habilidades artísticas y el gusto estético del diseñador para hacer todas las combinaciones posibles entre temperatura de color, manejo de sombras, definición de espacio, etc. llevando el uso de la luz artificial al terreno del arte.
Iluminar no es lo mismo que alumbrar, no sólo se trata de aplicar luz indiscriminadamente y en cualquier sitio. La iluminación ornamental trasciende el plano físico para alcanzar el subconsciente del ser humano, pudiendo afectar su estado anímico, su comportamiento y en consecuencia su integración con el entorno, de ahí que la iluminación en los espacios públicos deba ser cuidadosamente diseñada de manera que no rompa con la armonía espacial y genere espacios atractivos, interesantes y llenos de vitalidad.