Urban Landscape Constructions

El urbanismo utópico: Brasilia

Por: Consejo Editorial de ULC

El 21 de Abril de 1960 se inauguró la que probablemente haya sido la utopía urbana más ambiciosa de todos los tiempos: Brasilia. A 57 años de su existencia nos volvemos a preguntar ¿es ésta una ciudad o sólo ha sido, todo este tiempo, una utopía?
Brasilia aún ahora despierta sentimientos encontrados. Muchos afirman que ésta no es una ciudad, es simplemente una construcción humana que se rige por cánones distintos y que es a partir de ahí desde donde se le debe juzgar, como un producto la genialidad de Oscar Niemeyer y Lucio Costa quienes crearon una obra de arte que conjuga de manera exquisita los ideales de la arquitectura moderna que justifica su inclusión en la lista de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad desde 1987.

La idea de trasladar la capital federal de Rio de Janeiro al interior del Brasil se concibió en la primera Constitución Imperial Brasileña casi 140 años antes de su fundación. La necesidad de poblar el centro del país para proteger el extenso territorio del abandono y el saqueo hacía imperativa esta decisión. Sin embargo, hubo de esperar a que se conjuntaran una serie de circunstancias económicas, políticas e ideológicas para que después de todo este tiempo, bajo el gobierno de Juscelino Kubistchek, finalmente viera la luz.

Brasilia surgió con la idea de construir la ciudad ideal, producto de un plan sin vínculos con un pasado urbano, completamente futurista e innovadora, sin contaminantes, la más pura expresión de la modernidad y del auge económico que gozó Brasil tras la Segunda Guerra Mundial.
Desde el punto de vista conceptual y bajo los cánones del modernismo, Brasilia no tenía parangón. Se construyó para ser símbolo más que ciudad, fue la representación de la más alta eficiencia urbana, con estrictos estándares de infraestructura y servicios, con una perfecta diferenciación de usos urbanos, una traza urbana claramente delimitada y una arquitectura que respondía a las más altas exigencias de habitabilidad e higiene.

Sin embargo, sus realizadores, con todo lo visionarios e innovadores que fueron en su momento, colocaron en segundo plano dos componentes fundamentales que hace de un asentamiento una ciudad: sus habitantes y su historia. Brasilia surgió de la nada, se construyó visualizando el futuro sin tomar en cuenta su presente y a quienes habrían de habitarla.
Brasilia fue diseñada para albergar los poderes del estado, una ciudad-trabajo, pero no para el trabajo que produce sino el trabajo que administra. Brasilia cuenta con los más altos estándares de vida de todo Brasil, lo que sin duda atrae a la gente en busca de mejores oportunidades. Planeada originalmente para 500,000 personas, la ciudad cuenta ya con tres millones de habitantes. Evidentemente este crecimiento no fue previsto por la ciudad planificada, lo que ha originado el crecimiento descontrolado de asentamientos satelitales, favelas, donde ningún esfuerzo de planeación se ha hecho y donde las carencias en servicios e infraestructura son evidentes.

Resulta irónico que lo que en su momento fue el ejemplo más significativo del ideario modernista del siglo XX, al paso del tiempo resulte por momentos completamente contrario a lo que ahora nos planteamos como el modelo de ciudad sostenible. Brasilia se proyectó a una escala monumental, propia para el auto y muy poco adecuada para el ser humano. Niemeyer había visualizado una ciudad igualitaria, sin división de clase, otra utopía que no se materializó pues la ciudad planificada se politizó rápidamente dando paso a una fuerte especulación del territorio, solamente asequible a los bolsillos de los más ricos.

La segregación de las funciones urbanas -habitar, trabajar, recrear y circular- con una organización impecable en la teoría, en la práctica sólo provocó por mucho tiempo que la gente abandonara Brasilia los fines de semana en busca del bullicio y la vitalidad de la que carecía, ésa que le da vida a un asentamiento humano, que le inyecta energía vital y que favorece la interacción de sus habitantes. Esto resulta poco sorprendente si consideramos que la morfología de Brasilia no corresponde a lo que en el imaginario colectivo debe ser una ciudad. Brasilia no posee un centro urbano, no tiene esquinas porque no tiene calles -al menos de esas a las que estamos acostumbrados- y el espacio público es prácticamente inexistente, pues no es lo mismo el espacio abierto, cosa que le sobra, que el espacio pensado como articulador de la vida pública de una comunidad.

La ciudad no sólo es un espacio físico que alberga actividades humanas, es también una construcción mental que se conforma por los sonidos, los aromas, las sensaciones que despierta en quienes la habitan y que da origen a encuentros, vivencias y recuerdos que la hacen única y le dan significado para cada uno de sus moradores. Construir algo de la nada tiene esa gran desventaja, no sólo se debe construir el espacio físico sino también ese bagaje de significados que construye relaciones de pertenencia. De esto carece Brasilia pero también es cierto que el tiempo va construyendo significado, sería entonces pronto para poder evaluarlo, con todo y que ya han pasado 57 años.