Urban Landscape Constructions

DISEÑO PARTICIPATIVO COMO PRINCIPIO DE DISEÑO

Por: Consejo Editorial de ULC

El diseño participativo, co-diseño o diseño cooperativo, es una metodología de trabajo que surgió en los países escandinavos por los años 60´s y que sostiene que el proceso creativo debe involucrar a todos aquellos actores que intervienen de una u otra forma en el proceso de diseño. Este enfoque se aplica a ámbitos muy diversos, desde la ingeniería, el desarrollo de software, la medicina, el diseño industrial, gráfico, etc., y, no faltaba más, en la arquitectura, el urbanismo y la arquitectura del paisaje.

La principal bondad de esta metodología, que no tendencia o estilo, radica en que involucra a todos y cada uno de los actores que tienen que ver con la creación del objeto de diseño, desde su concepción hasta su realización y puesta en práctica. Quizá no sea fácil visualizar todo el engranaje que echa a andar este motor, pero si pensamos que un objeto, para que exista, requiere de una necesidad, entonces es relativamente sencillo identificar quiénes serían los actores involucrados: en principio aquellos que requieren del objeto, seguidos de aquellos que lo habrán de manufacturar y producir, los que lo diseñarán, los que lo patrocinarán, los que lo comercializarán, los que establecerán la reglamentación aplicable y así una lista indeterminada de agentes que podrán aportar en mayor o menor medida a la concepción y materialización del objeto diseñado.

En este sentido, el usuario final se convierte también en agente activo en la generación de soluciones a su propia necesidad, de ahí que el diseño participativo sea profundamente democrático, pues la respuesta a las demandas del usuario no son determinadas por un grupo de observadores ajenos a la problemática, sino que surge en el seno mismo de quienes serán los beneficiarios del objeto creado.

Y es mediante este enfoque que, de acuerdo con sus partidarios, surgen propuestas más sólidas, con mayor garantía de aceptación, pero sobre todo algo que resulta determinante en la planeación y el diseño urbano, proyectos más susceptibles de despertar en el usuario el sentimiento de apropiación e identidad con el mismo, lo cual, a efectos prácticos, se va a traducir en espacios más vitales y en consecuencia más seguros.

Es por esta razón que esta forma de encarar el proceso de diseño es uno de los componentes fundamentales del llamado “Placemaking”, enfoque orientado particularmente a los espacios públicos, que rompe con el esquema tradicional en el que los gobiernos con su grupo de expertos determinan con base al presupuesto y muchas veces a una idea un tanto imprecisa de lo que se requiere, lo que se habrá de hacer y cómo habrá de hacerse. Por el contrario, el Placemaking tiene como elemento neurálgico la consulta ciudadana y de ahí surge una visión común que dirigida de manera experta da lugar a planteamientos mejor orientados y que optimizan los recursos públicos de manera más eficiente.

Y como en todo, el diseño cooperativo tiene también sus desventajas. La más evidente es el tiempo, pues un enfoque de este tipo requiere de un largo proceso de organización y logística; es más fácil que se pongan de acuerdo dos que diez, y cuando hablamos de urbanismo, los diez se convierten en cientos o miles, y ello hace que el proceso pueda resultar desgastante e interminable.

Otro factor a considerar es el hecho de que el proceso de consulta pública puede corre el riesgo de politizarse, especialmente en países como el nuestro, donde el bien personal pareciera estar de continuo por encima del bien común, o lo que en el lenguaje coloquial podríamos traducir a que cada quien busca llevar agua para su molino, riesgo que se habrá de prever cuando se opta por aplicar esta metodología al proceso de diseño.